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miércoles, 7 de septiembre de 2011

RAY BRADBURY: EL VINO DEL ESTÍO


Ray Bradbury es conocido principalmente por sus novelas de ciencia ficción, entre las cuales destacan poderosamente Crónicas marcianas y Fahrenheit 451. No obstante, Bradbury también es autor de algunas novelas alejadas de la literatura fantástica, aunque igualmente maravillosas, como Las doradas manzanas del Sol o la que ahora nos ocupa, El vino del estío. En esta última novela, la poética, vibrante y evocadora prosa de Bradbury nos traslada a los años previos a la Gran Depresión de 1929, a un apacible pueblo del estado de Illinois, donde el tiempo transcurre plácidamente entre hitos y ritos pequeños y familiares. Al desarrollo de la vida cotidiana de Green Town asistimos del brazo de Douglas Spaulding, un chaval de 12 años, y su familia, que engloba cuatro generaciones. Comienza el verano, y Douglas y su hermano Tom se aprestan a embotellar esos meses de sol y hierba agostada en la bodega fresca y seca de su memoria.
Desde la óptica de ambos hermanos, en el que un simple helado es una maravilla inesperada y una caída en una zanja, una melodramática aventura, Green Town es la sede de personajes fabulosos y continuos portentos. El tranvía que se jubila para dejar paso al ómnibus, los primeros automóviles, la cañada cercana (fruto de rumores y ominosas leyendas), los recuerdos de un viejo coronel retirado, el imposible amor entre varias generaciones de distancia, la ruidosa y fútil construcción de una máquina de la felicidad por parte del joyero del pueblo,…
Aunque en realidad, El vino del estío de lo que habla es de los recuerdos, de la infancia, del proceso de crecimiento y maduración de los seres humanos, de la conservación de la capacidad para maravillarse y hacer de cada día una verdadera aventura. Como el vino de diente de león que Douglas y su hermano Tom, junto a su abuelo, embotellan diariamente. Es memoria pura, memoria de un verano, de todos los veranos que en todas las partes del mundo todo niño o adolescente han vivido y han quedado impresos en sus recuerdos para siempre.
Y todo trufado por la pluma evocadora y volátil de Bradbury, un genio de la metáfora y la calificación, pura miel literaria capaz de hacernos rememorar nuestros veranos, nuestras casi olvidadas maravillas infantiles, y hasta al niño que nunca deberíamos de dejar de llevar en nuestro interior. El vino del estío es una joya que flota arrostrando los embates del tiempo, que se alza entre hierba agostada y noches sofocantes para recordarnos que la vida, si uno lo desea, sigue pudiendo ser una maravilla.

jueves, 21 de mayo de 2009

SALVARSE DE LA QUEMA


Leo en la edición digital del diario gratuito ADN que el escritor croata Pero Kvesic ha vendido más de mil libros después de amenazar con quemar frente a una librería del centro de la capital Zagreb todos los libros pendientes de venta de su antología de cuentos La introducción a P. Kvesic. El autor, previamente, había anunciado la quema de ejemplares un mes antes de que se produjese; el día anunciado casi no le quedaba libro alguno que quemar: más de mil libros vendidos en un mes. Casi nada.

Me viene a la memoria el gran clásico de Ray Bradbury Fahrenheit 451, llevada al cine en 1966 por el director francés François Truffaut. En dicha novela, el protagonista, Guy Montag, es miembro de un cuerpo de bomberos especializado en quemar libros (451 grados en la escala Fahrenheit es la temperatura a la que arde el papel), puesto que el gobierno de esa sociedad urdida por Bradbury, totalitaria y paternalista, cree que la lectura es perniciosa para el ser humano. Montag, tras abrir los ojos ante la tropelía cometida por el gobierno hacia los libros y la cultura, acaba escapando y refugiándose en los bosques junto a otros desertores cuya misión es memorizar por entero un libro y convertirse en una auténtica biblioteca viviente, nómada y orgánica, destinada a perpetuar en la clandestinidad la literatura que continua ardiendo en su formato físico. Se trata de un grupo formado por miles de personas, personas-libro que medran entre el follaje y las sombras mientras recitan en voz alta fragmentos del libro que han decidido encarnar.

Publicado por primera vez en 1953, Bradbury (autor de otras novelas decisivas e imprescindibles como Crónicas marcianas, El hombre ilustrado o El país de octubre) usó la novela para criticar tanto la censura de libros en Estados Unidos , como resultado del machartysmo inquisitorial de postguerra fruto del delirio anticomunista del senador Joseph McCarthy , como la quema de libros en la Alemania nazi en 1933.

Afortunadamente, la pesimista visión de Ray Bradbury no se ha hecho realidad (¿aún?), y hoy, al menos en Croacia, la quema de libros parece que sirve para aumentar las ventas (aunque espero que no se convierta en una costumbre socorrida; para eso están las máquinas destructoras de papel). Pero eso no quita mérito a la sociedad de hombres-libro creada por Bradbury. En todo caso, yo me apunto a lo que dijo en su día Jorge Luís Borges:

“Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros;
hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua;en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros”.