Mostrando entradas con la etiqueta Stieg Larsson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stieg Larsson. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de noviembre de 2009

LA TRILOGÍA MILLENNIUM: SE CIERRA EL CÍRCULO


No se sabe la de millones de años que hacía que una saga de novelas despertaba el interés, la pasión y casi la histeria que ha cosechado la trilogía Millennium, del desaparecido Stieg Larsson. Ya hemos comentado en este blog las dos primeras novelas de la serie, la correcta e interesante Los hombres que no amaban a las mujeres, y la banal e inverosímil La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina.

¿Y la tercera entrega? ¿Qué hay de La reina en el palacio de las corrientes de aire? ¿Hay para tanto? ¿Supera las dos anteriores o está por debajo? Bien, pues después de haberme zampado religiosamente sus chiquicientas páginas, puedo decir que la tercera novela de la saga supera con creces la segunda entrega y se halla como mínimo al mismo nivel que la primera.

No, no es que La reina en el palacio de las corrientes de aire sea una supernovela, no. En mi opinión Larsson es (era) un periodista competente (lo mejor de este libro a mi entender es lo que ocurre en las redacciones de los medios de comunicación), que escribe bien, que sabe trazar complejas tramas y subtramas con desparpajo y agilidad, que supo crear un par de personajes verdaderamente bien conseguidos… y ya está. No revolucionará el género negro, no aporta nada nuevo a la literatura contemporánea (a excepción del curioso marco que supone una Suecia poco retratada en la literatura que nos llega por estos lares), ni descubre nada que muchos otros autores ya hayan explorado mucho antes.

Eso sí, hay que reconocer que sus novelas te las lees de un tirón, que causan cierta larssondependencia, y que son ingeniosas, entretenidas y muy amenas. Poco más. Pero tampoco es algo que haya que minusvalorar en sí mismo. Seguro que Larsson ha hecho leer a muchas personas que no tenían esta costumbre, y si una sola de ellas coge el hábito, bien merecen la pena todos los ríos de tinta que su trilogía ha hecho correr en estos años.

miércoles, 6 de mayo de 2009

LA TRILOGÍA MILLENNIUM: SUPERWOMAN Y EL EQUIPO IKEA


No he podido resistirme a dejar un comentario en relación a las dos novelas publicadas hasta ahora por Stieg Larsson. Mi resumen sería: ¡no puedo entender su éxito! O tal vez: ¿Envidia cochina? He de reconocer que la primera novela, Los hombres que no amaban a las mujeres, me resultó entretenida, aunque hubiera prescindido de más de una página, de más de un minucioso detalle en el que se relataba lo que comían, fumaban, etc., y bla, bla, bla sus protagonistas, pero me distrajo y me mantuvo en la tensión de la trama. Pero a partir de esta primera novela no entiendo este fenómeno, y ya sé que voy a contracorriente.

Me explico. Es cierto que son dos obras muy entretenidas para el resto del mundo con los que he hablado y la han leído, claro; hay suspense y una de ellas me ha nombrado el morbo. Bueno. Yo podría desmenuzar los anzuelos que se van soltando en ambas novelas para mantenerte atrapado y que son tan hábiles como para que sigas leyendo, pero en la segunda novela (La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina) me hacen olvidar la trama para reparar en la estrategia del escritor. ¡Mal, mal, me he salido de la trama! ¿Aburrimiento? Pues en la segunda novela, sí.

Puedo asegurar que el segundo libro lo acabé (me salté un montón de párrafos y páginas) para ver qué historia o de qué trama trataba, cómo lo resolvía, etc., resultando una decepción, un argumento simplista, increíble, en el que se cargaba a su mejor personaje: Lisbeth Salander, que es su gran hallazgo, su creación más brillante, dotada de esa magia que envuelve la buena literatura, un personaje que echa al traste (para mí) en la segunda novela, y todo para pasar a convertirla en una mujer con superpoderes, sin encanto, prodigiosa, inverosímil, a la que se da un poco de humanidad al final llevándola al borde de la muerte y finalizando en brazos del otro protagonista, el periodista Mikael Blomkvist, su abortado amor de la primera entrega de la trilogía.

Me asalta también la duda de si Ikea ha subvencionado la publicación de esta segunda novela, pues es alucinante la descripción de sus modelos de muebles. Lo mismo se puede decir de otros productos que me niego a relacionar. ¿Se trata de publicidad subliminal o es otra novedosa forma de relatar? Son dudas y preguntas que me hago, pues ambas novelas pecan de un exceso de detalle carente de sentido y que no aportan absolutamente nada a la trama, a no ser tedio y pesadez. Ya digo bastante con que de la segunda novela me he saltado páginas pues me parecía infumable y sólo quería saber cómo resolvía el final, que luego, para mí y dicho desde el respeto, me ha resultado un fiasco, forzado y pueril. En fin, no entiendo este éxito, a no ser por la intriga que va sembrando y porque la gente quiere libros gordos que la mantengan en tensión muchos días. Concluyendo, salvaría de la quema la primera novela, aunque tal vez quitaría varias páginas. De la segunda, me ha parecido que ha intentado emular la primera, forzar una continuación, idear una nueva y original trama, y no lo consigue: me aburre de solemnidad. Destaco, y eso sí lo consigue, las escenas de violencia, son muy logradas, pero peca de exceso y en este segundo libro abundan los golpes, y al final parece que la novela transcurra entre porrazos, y a mí personalmente el boxeo no me gusta, así que me sobra violencia.

En fin, ahí va, todo dicho sin ánimo de ofender a los defensores de Larsson, que igual lo que me pasa es que soy una envidiosa de tomo y lomo.

lunes, 20 de abril de 2009

STIEG LARSSON: LA TRILOGÍA MILLENNIUM


¡Ah, los libros de moda! Uno siente (al menos yo) cierta aprensión al acercarse a ellos, por diferentes motivos. Uno: la alta probabilidad de decepcionarse con un libro, autor o saga que la mitad de la Humanidad se empeña en calificar como increíble, inexcusable, de obligada referencia, etc. Dos: el temor de, una vez leído y asimilado, la opinión propia no comulgue con la corriente principal y uno se sienta que no está en la onda, o bien que su parecer y opinión no responde a los parámetros de lo políticamente (¿literariamente?) correcto. Veamos,… Stieg Larsson. Escritor novel, periodista, sueco, fallecido justo antes de ver publicada su primera obra, Los hombres que no amaban a las mujeres… Un perfil original, poco común, y un runrún de rumores que hablan de un fenómeno masivo de ventas, traducciones a doscientos mil idiomas, rodaje de una película (o dos, o tres). ¡Uf!

Bien: Planteamiento de la primera entrega, Los hombres que no amaban a las mujeres: después de una condena judicial por libelo, el prestigioso periodista Mikael Blomkvist recibe el extraño encargo de investigar la desaparición o posible muerte de la sobrina de Henrik Vanger, un anciano potentado sueco, acaecida cuarenta años atrás; para dicho cometido, Blomkvist contará con la inesperada y en apariencia dudosa ayuda de Lisbeth Salander, una sociópata experta en investigaciones informáticas secretas incapaz de relacionarse de una manera mínimamente congruente con el resto de la raza humana. Ni que decir tiene que ambos improbables colaboradores acaban descubriendo la verdad escondida tras la desaparición de la sobrina de Vanger, a la vez que destapan y ponen en solfa una cadena de asesinatos cruentos realizados sobre mujeres, y finalmente consiguen rehabilitar, con la ayuda de Vanger, el buen nombre periodístico de Blomkvist.

En cuanto a la segunda de las novelas que componen la trilogía, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, volvemos a encontrar a nuestros dos particulares investigadores. En este caso, Lisbeth Salander es el centro de la trama, viéndose involucrada en una compleja investigación criminal por varios asesinatos (su administrador y dos periodistas que trabajan, vaya por Dios, en Millennium, la revista de Blomkvist) de los que resulta principal sospechosa. Una sórdida historia de tráfico ilegal de mujeres y prostitución, en cuya investigación trabajaban los periodistas asesinados, es el misterioso telón de fondo del argumento, en el cual irrumpe Mikael Blomkvist para ayudar a su antigua colaboradora y vengar la muerte de sus compañeros de profesión en una búsqueda en la que confluyen diferentes intereses y que termina por descubrir el más remoto y negro pasado de Lisbeth Salander. Más de 1.200 páginas en total, a la espera de la publicación del tercer volumen de la trilogía, La reina en el Palacio de las Corrientes de aire. Más de 10 millones de ejemplares vendidos, y una incipiente larssonmanía que arrasa Europa y amenaza con convertir al desaparecido periodista y escritor sueco en un mito moderno.

No obstante, debo decir que esta trilogía tiene sus claroscuros, sus luces y sus sombras. Es cierto que el ritmo es trepidante, y que ambas novelas son sumamente entretenidas. Es verdad también que gozan las dos de la frescura y la novedad de presentar tramas que transcurren en una Suecia moderna prácticamente desconocida por estas latitudes. Es asimismo innegable que el personaje de Mikael Blomkvist es coherente, compacto, a buen seguro basado en las propias vivencias de Larsson como periodista e investigador. Y por supuesto nadie puede negar que Lisbeth Salander es todo un descubrimiento y un acierto descomunal, un personaje llamado a figurar en la galería de grandes inspiraciones de la literatura moderna, una antihéroe modélica, una outsider que vive fuera del sistema, tan discapacitada socialmente como brillante en sus labores de investigadora al margen de ese sistema del que tanto reniega. Cuentan también ambas novelas con una eficaz galería de secundarios, como Henrik Vagner, Erika Berger (socia y amante de Blomkvist), Dragan Armanskij (coyuntural superior de Salander), el inspector Jan Bublanski…

Pero… Sí, hay peros. Cierto detallismo a mi juicio innecesario (¿en serio hace falta especificar si cada compra de los protagonistas se realiza al contado o con tarjeta de crédito?), un desarrollo desigual en cuanto a ritmo y resolución (en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina en realidad no ocurre nada de nada hasta pasadas las 250 páginas y luego su final es tan abrupto y silente como un anochecer boreal), un derroche de “casualidades” en una ciudad con una población de más de un millón de personas…

Sin embargo, esto no serían más que notas al pie, fruslerías sin verdadero peso e importancia si no fuera porque, en mi opinión, las dos obras adolecen de algo que muchas veces se olvida en literatura: magia. Y la magia no es más que la capacidad de hacer soñar y trascender, de evocar un nuevo mundo con una simple palabra, de provocar sentimientos y emociones con un conjunto de adjetivos y metáforas, de perdernos en un universo hecho de sintagmas y oraciones que viven y mutan y crecen y adquieren vida propia, y te arrastran hacia su interior, y no te dejan volver a tu gris, triste y monótona realidad. Y de esa magia, de esa cualidad feérica y maravillosa, carece esta trilogía (o al menos sus dos primeras entregas), mal que le pese al recién estrenado ejército de rendidos larssonianos que por todos los rincones de Europa forman sus pelotones y brigadas.

¿Qué tenemos, pues, en esta trilogía Millennium? ¿Un Ruiz Zafón escandinavo más prosaico y funcional? ¿Una literatura Ikea, lista para ser consumida en grandes cantidades, fabricada como en un molde del que podrían surgir incontables productos similares? Bueno, tiempo al tiempo. En todo caso, repito: obras entretenidas, con buen ritmo, interesantes, apropiadas para distraerse y abstraerse en ellas de la dura vida cotidiana. Pero no mucho más (ni menos tampoco).